¡Papá, dame la empresa y vete a pasear con los nietos!

EULEN

La escena transcurre en un parque. En el centro se ve a David Álvarez –dueño de Eulen– balanceando a su nieto en un columpio. Al lado, María Teresa Rodríguez –principal accionista de Gullón– está sentada en un banco explicando a su nieta lo grande que se va a hacer si come galletas.

Por el paseo aparecen Lluís Llongueras y Liliane Bettencourt –propietaria de L’Oréal–, que hablan de los últimos avances en cosmética capilar, mientras sus respectivos nietos corretean a su alrededor.

Cuánto les gustaría a los hijos de estos empresarios que el sueño del parque se hiciera realidad. A David Álvarez se lo dijeron directamente sus hijos Juan Carlos y Elvira en enero de 2009: “Papá, lo que tienes que hacer es dejar de venir todos los días a la oficina, y dedicar tu tiempo a gozar de los placeres de la vida”. “Pero si yo donde disfruto es en mi empresa” les contestó el fundador de Eulen, que a sus 83 años tiene muy claro que sólo abandonará el grupo que ha creado cuando él lo decida.

¿Qué lleva a los hijos a apuñalar a sus padres para intentar que les cedan empresas como Eulen o Gullón? ¿Tan ebria de poder está Esther Longueras para llegar a despedir a su propio padre, de 74 años de edad? ¿Cómo puede ser tan malvada Françoise Bettencourt para tratar de que un juez declare demente a su madre Liliane Bettencourt, la dueña del imperio L’Oréal? Seguramente a usted, querido lector, y a mí no nos ocurra nada de esto porque, en mi caso, por ejemplo, dudo mucho que mis hijos vayan a pelearse por la hipoteca que les voy a dejar como herencia.

Es verdad que la ambición por el poder y el dinero son los factores fundamentales en este tipo de rupturas familiares, pero en la mayor parte de los casos hay también líos de faldas de por medio. David Álvarez, por ejemplo, se ha vuelto a enamorar a sus 83 años, e incluso en septiembre del año pasado se casó con su secretaria, que tiene 45 años de edad. Es el tercer matrimonio de don David, ya que sus dos anteriores mujeres murieron. A sus hijos –todos fruto de su primer matrimonio con María Mezquiriz- no les ha gustado nada este nuevo devaneo del abuelo porque temen que, cuando el patriarca fallezca, una advenediza –la secretaria– pueda llevarse parte del pastel empresarial al que ellos han dedicado tantos esfuerzos en los últimos años.

David Álvarez ha logrado recuperar el control de su empresa al hacer valer en una junta su participación mayoritaria en Eulen, lo que le permitió disolver el consejo donde sus hijos tenían la mayoría. Una maniobra similar es la diseñada por María Teresa Rodríguez, que trata de que un juez declare válida la junta que ella y su lugarteniente Juan Miguel Martínez Gabaldón celebraron en un coche a las puertas de la fábrica de Gullón. María Teresa –que controla el 55% de la galletera– considera a Gabaldón como el pilar de la compañía y el responsable del éxito de Gullón, mientras los hijos de María Teresa definen a Gabaldón como un manipulador que tiene abducida y engañada a la madre.

También el amor, o más bien el desamor, ha sido el detonante de la ruptura en el grupo Llongueras. El estilista se casó en 2006 en segundas nupcias con Jocelyn Novell, con la que tiene tres hijos, pero en algunas de sus empresas figuran como apoderadas su ex mujer Dolores Poveda y su hija mayor Esther Llongueras. En septiembre, Lluís Llongueras revocó de sus cargos en una de las sociedades del grupo a Dolores Poveda y a Esther Llongueras, y puso en su lugar a su actual mujer, Jocelyn. Como revancha, Dolores y Esther despidieron al peluquero de la sociedad Peyma, que gestiona 18 de los 120 salones de belleza que posee la cadena. A pesar del despido, los derechos de la marca Llongueras siguen siendo propiedad del estilista, con lo que esta enseña no podrá ser utilizada por su ex familia sin su permiso.

El caso de Liliane Bettencourt es el más complejo por las consecuencias políticas que ha desatado, al estar implicado un ministro francés en un supuesto delito de evasión fiscal. Todo empezó porque la abuelita Liliane se enamoró, a sus 86 años, de su fotógrafo particular, al que premió con regalos por valor de mil millones de euros. Esta generosidad no gustó nada a Françoise Bettencourt, que intentó que un juez declarara demente a su madre, la mujer más rica de Francia. Liliane no sólo no está loca, sino que ha respondido denunciando a su hija por acoso moral.

Es sorprendente que estas luchas se produzcan ya en la segunda generación, cuando lo normal es que las disputas surjan en la tercera o cuarta generación, cuando el patriarca ya ha fallecido. Ahora los hijos no les dejan ni disfrutar de la vejez. Es verdad que nuestros protagonistas son culpables de no haber sabido preparar la sucesión, y de no haber dedicado suficiente tiempo a la educación de sus hijos, pero aunque sólo sea por su avanzada edad, se merecen todo el respeto, sobre todo por parte de sus hijos, que al final van a vivir de los imperios creados por sus padres.

Fuente:  http://www.expansion.com/2010/10/13/opinion/1287003772.html?a=a915266b6a014dff5d80440273c9398a&t=1287021827

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